"Los espacios que amamos no quieren quedarse encerrados siempre. Se despliegan, se transportan fácilmente a otra parte, a otros tiempos, en planos diferentes de sueños y recuerdos"
Gaston Bachelard
Todavía siento su perfume prendido a mi memoria y recuerdo el resplandor de sus ojos incendiados…
No podía ver más que un escalón tras otro, las dos paredes que se alzaban a los lados, un techo aplastante y más allá de eso, sólo la oscuridad. La luz del viejo encendedor que realmente no iluminaba sino que a duras penas alumbraba, se consumiría en el momento más inesperado. Tenía que salir de allí, pero no me sentía capaz de andar después de las eternas horas que llevaba sin comer. Ya no sé si eran horas o días, lo cierto es que mis piernas parecían de papel y a pesar de la amplitud del lugar, sentía que el aire se acababa. Era como si llegara a través de un grifo que cada vez se iba cerrando un poco hasta que ya no circulaba sino un delgado hilo de aire. Escuché el sonido de una gota. Permanecí en silencio y al cabo de un tiempo noté que caían varias gotas en una secuencia con musicalidad propia; unas con sonidos más agudos, otras con una profundidad inquietante y ese contraste producía una melodía agradable.
Hice el intento de subir, a ver si encontraba una puerta, una ventana, o con un poco de suerte, a lo mejor una persona que me indicara la salida. Ojalá esa persona sea ella. Si tuviera voz la llamaría, gritaría sin descanso hasta que viniera por mí.
Avancé, peldaño a peldaño, hasta que tuve la sensación de no saber si estaba subiendo o bajando. Aparentemente la escalera no conducía a ninguna parte, de hecho, parecía no tener final. Sin embargo, estaba seguro de haber ingresado aquí por una puerta, pero era imposible que me hubiera adentrado tanto como para no encontrar la salida después de buscarla por horas. Lo único que me alegraba era ese perfume cítrico que se mantenía en el lugar y que me hacía recordar el brillo de sus ojos.
Me pregunté si estaba en el vacío, pues creo que así sonaba. Al menos ese era mi imaginario del vacío, excepto por las gotas que sin perder el ritmo caían de cuando en cuando, cada vez con mayor insistencia, dejando un eco melancólico. Hasta llegué a pensar que sonaría un vals, como en la nave de 2001: Odisea en el espacio. Siempre creí que así debía sonar el vacío después de un buen tiempo de estar habitándolo.
Nunca debí hacerle caso a esa mujer. Tan pronto la vi supe que no me convenía acercarme a ella, pero sus encantos fueron más fuertes que mi voluntad. Seguí su perfume, descendí un peldaño y otro y otro y otro más, hasta que su figura desapareció de mi vista y la oscuridad invadió el pasadizo. Eran sus ojos de fuego los que iluminaban el espacio, por eso cuando desapareció quedé envuelto en este agujero negro con escalerillas y sonido de gotas musicales.
No tuve más remedio que bajar. Tanto adelante como detrás no alcanzaba a ver nada más que escaleras: una tras otra repitiéndose hasta el infinito. Si así era su aroma, seguro sus besos sabían a mandarina dulce y la luz de sus ojos me conduciría fuera, o me llevaría muy dentro de ella, pero lejos de esta oscuridad atravesada por interminables escalinatas. El sonido de las gotas se hizo más intenso. Sin darme cuenta pisé en mitad de un borde húmedo y salí disparado dejando un pedazo de piel en cada peldaño.
Afortunadamente llegué a una planicie. No podía seguir cayendo por tiempo indefinido, y como lo había pensado, era improbable que las escaleras se prolongaran hasta la eternidad, puesto que yo había entrado por una puerta y si el lugar tenía inicio, también tendría fin.
El encendedor sirvió por última vez haciendo aparecer ante mi vista innumerables pasadizos con escaleras ascendentes y otras más que descendían, vaya uno a saber hacia dónde. La planicie que creí sería mi salvación no eran más que cinco metros cuadrados alrededor de los cuales se dibujaban los infinitos túneles laberínticos que llevaban a ningún lugar. Lo peor era que ya ni siquiera escuchaba las melodiosas gotas de agua gracias a las cuales me quebré los huesos. No sé si será por el resbalón o por los días de encierro, pero me parece ver una luz. La veo cuando cierro los ojos y dejo que mi ser se llene del perfume y la mirada de esa extraña mujer, que como una pintura cubista traspasó la escalera y me condujo al vacío.
Todavía siento su perfume prendido a mi memoria y recuerdo el resplandor de sus ojos incendiados…
No podía ver más que un escalón tras otro, las dos paredes que se alzaban a los lados, un techo aplastante y más allá de eso, sólo la oscuridad. La luz del viejo encendedor que realmente no iluminaba sino que a duras penas alumbraba, se consumiría en el momento más inesperado. Tenía que salir de allí, pero no me sentía capaz de andar después de las eternas horas que llevaba sin comer. Ya no sé si eran horas o días, lo cierto es que mis piernas parecían de papel y a pesar de la amplitud del lugar, sentía que el aire se acababa. Era como si llegara a través de un grifo que cada vez se iba cerrando un poco hasta que ya no circulaba sino un delgado hilo de aire. Escuché el sonido de una gota. Permanecí en silencio y al cabo de un tiempo noté que caían varias gotas en una secuencia con musicalidad propia; unas con sonidos más agudos, otras con una profundidad inquietante y ese contraste producía una melodía agradable.
Hice el intento de subir, a ver si encontraba una puerta, una ventana, o con un poco de suerte, a lo mejor una persona que me indicara la salida. Ojalá esa persona sea ella. Si tuviera voz la llamaría, gritaría sin descanso hasta que viniera por mí.
Avancé, peldaño a peldaño, hasta que tuve la sensación de no saber si estaba subiendo o bajando. Aparentemente la escalera no conducía a ninguna parte, de hecho, parecía no tener final. Sin embargo, estaba seguro de haber ingresado aquí por una puerta, pero era imposible que me hubiera adentrado tanto como para no encontrar la salida después de buscarla por horas. Lo único que me alegraba era ese perfume cítrico que se mantenía en el lugar y que me hacía recordar el brillo de sus ojos.
Me pregunté si estaba en el vacío, pues creo que así sonaba. Al menos ese era mi imaginario del vacío, excepto por las gotas que sin perder el ritmo caían de cuando en cuando, cada vez con mayor insistencia, dejando un eco melancólico. Hasta llegué a pensar que sonaría un vals, como en la nave de 2001: Odisea en el espacio. Siempre creí que así debía sonar el vacío después de un buen tiempo de estar habitándolo.
Nunca debí hacerle caso a esa mujer. Tan pronto la vi supe que no me convenía acercarme a ella, pero sus encantos fueron más fuertes que mi voluntad. Seguí su perfume, descendí un peldaño y otro y otro y otro más, hasta que su figura desapareció de mi vista y la oscuridad invadió el pasadizo. Eran sus ojos de fuego los que iluminaban el espacio, por eso cuando desapareció quedé envuelto en este agujero negro con escalerillas y sonido de gotas musicales.
No tuve más remedio que bajar. Tanto adelante como detrás no alcanzaba a ver nada más que escaleras: una tras otra repitiéndose hasta el infinito. Si así era su aroma, seguro sus besos sabían a mandarina dulce y la luz de sus ojos me conduciría fuera, o me llevaría muy dentro de ella, pero lejos de esta oscuridad atravesada por interminables escalinatas. El sonido de las gotas se hizo más intenso. Sin darme cuenta pisé en mitad de un borde húmedo y salí disparado dejando un pedazo de piel en cada peldaño.
Afortunadamente llegué a una planicie. No podía seguir cayendo por tiempo indefinido, y como lo había pensado, era improbable que las escaleras se prolongaran hasta la eternidad, puesto que yo había entrado por una puerta y si el lugar tenía inicio, también tendría fin.
El encendedor sirvió por última vez haciendo aparecer ante mi vista innumerables pasadizos con escaleras ascendentes y otras más que descendían, vaya uno a saber hacia dónde. La planicie que creí sería mi salvación no eran más que cinco metros cuadrados alrededor de los cuales se dibujaban los infinitos túneles laberínticos que llevaban a ningún lugar. Lo peor era que ya ni siquiera escuchaba las melodiosas gotas de agua gracias a las cuales me quebré los huesos. No sé si será por el resbalón o por los días de encierro, pero me parece ver una luz. La veo cuando cierro los ojos y dejo que mi ser se llene del perfume y la mirada de esa extraña mujer, que como una pintura cubista traspasó la escalera y me condujo al vacío.


3 comentarios:
Alejandra, depronto una muda de narrador lo haria mas dinamico
Alejandra, me disculpo porque voy a intervenir sin haber leido a profundidad. Es que me llamó la atención que se estableciera que en 2001:Odisea del espacio sonaba un vals. El tema principal de esa película fue la Ópera Sinfónica "Así habló Zaratustra" de Richard Srauss. O tal vez te refieres a el vals "El Danubio Azul" que aunque no es el tema central de la película sí aparece en ella? En cualquier caso, tal vez prefieras llamar la pieza musical por su nombre en lugar de referenciarla a la película.
Considero que es buena la intención de contar una historia, un relato, con modos,y destellos poéticos, pues ésta es un rebaño de nubes que a su paso deja hermosas huellas en el a veces vacío y prosáico cielo del relato(de la prosa). Pero las nubes también ocultan la luz del sol, así que pilas.
En algunas partes del texto se nota la mano del autor, como queriendo justificar para darle solidez y coherencia al mismo. quisiera citar algunas frases para sustentar esto, pero no es posible, porque de volver al cuento borraría el comentario, bueno, ahora soy yo el que está dando justificaciones.
Algunas analogías podrían mejorarse, como aquella del grifo y más adelante la pelota de la tennis.
Creo que eres talentosa, no me queda sino desearte buen viento y buena mar, y una incontrolable necesidad de escritura.
Gracias por la atención prestada, espero te sirvan de algo mis comentarios, aunque no creo. Te quedo debiendo lo de las citas.
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