domingo, 16 de noviembre de 2008

Infinito

"Los espacios que amamos no quieren quedarse encerrados siempre. Se despliegan, se transportan fácilmente a otra parte, a otros tiempos, en planos diferentes de sueños y recuerdos"
Gaston Bachelard



Todavía siento su perfume prendido a mi memoria y recuerdo el resplandor de sus ojos incendiados…
No podía ver más que un escalón tras otro, las dos paredes que se alzaban a los lados, un techo aplastante y más allá de eso, sólo la oscuridad. La luz del viejo encendedor que realmente no iluminaba sino que a duras penas alumbraba, se consumiría en el momento más inesperado. Tenía que salir de allí, pero no me sentía capaz de andar después de las eternas horas que llevaba sin comer. Ya no sé si eran horas o días, lo cierto es que mis piernas parecían de papel y a pesar de la amplitud del lugar, sentía que el aire se acababa. Era como si llegara a través de un grifo que cada vez se iba cerrando un poco hasta que ya no circulaba sino un delgado hilo de aire. Escuché el sonido de una gota. Permanecí en silencio y al cabo de un tiempo noté que caían varias gotas en una secuencia con musicalidad propia; unas con sonidos más agudos, otras con una profundidad inquietante y ese contraste producía una melodía agradable.
Hice el intento de subir, a ver si encontraba una puerta, una ventana, o con un poco de suerte, a lo mejor una persona que me indicara la salida. Ojalá esa persona sea ella. Si tuviera voz la llamaría, gritaría sin descanso hasta que viniera por mí.
Avancé, peldaño a peldaño, hasta que tuve la sensación de no saber si estaba subiendo o bajando. Aparentemente la escalera no conducía a ninguna parte, de hecho, parecía no tener final. Sin embargo, estaba seguro de haber ingresado aquí por una puerta, pero era imposible que me hubiera adentrado tanto como para no encontrar la salida después de buscarla por horas. Lo único que me alegraba era ese perfume cítrico que se mantenía en el lugar y que me hacía recordar el brillo de sus ojos.
Me pregunté si estaba en el vacío, pues creo que así sonaba. Al menos ese era mi imaginario del vacío, excepto por las gotas que sin perder el ritmo caían de cuando en cuando, cada vez con mayor insistencia, dejando un eco melancólico. Hasta llegué a pensar que sonaría un vals, como en la nave de 2001: Odisea en el espacio. Siempre creí que así debía sonar el vacío después de un buen tiempo de estar habitándolo.
Nunca debí hacerle caso a esa mujer. Tan pronto la vi supe que no me convenía acercarme a ella, pero sus encantos fueron más fuertes que mi voluntad. Seguí su perfume, descendí un peldaño y otro y otro y otro más, hasta que su figura desapareció de mi vista y la oscuridad invadió el pasadizo. Eran sus ojos de fuego los que iluminaban el espacio, por eso cuando desapareció quedé envuelto en este agujero negro con escalerillas y sonido de gotas musicales.
No tuve más remedio que bajar. Tanto adelante como detrás no alcanzaba a ver nada más que escaleras: una tras otra repitiéndose hasta el infinito. Si así era su aroma, seguro sus besos sabían a mandarina dulce y la luz de sus ojos me conduciría fuera, o me llevaría muy dentro de ella, pero lejos de esta oscuridad atravesada por interminables escalinatas. El sonido de las gotas se hizo más intenso. Sin darme cuenta pisé en mitad de un borde húmedo y salí disparado dejando un pedazo de piel en cada peldaño.
Afortunadamente llegué a una planicie. No podía seguir cayendo por tiempo indefinido, y como lo había pensado, era improbable que las escaleras se prolongaran hasta la eternidad, puesto que yo había entrado por una puerta y si el lugar tenía inicio, también tendría fin.
El encendedor sirvió por última vez haciendo aparecer ante mi vista innumerables pasadizos con escaleras ascendentes y otras más que descendían, vaya uno a saber hacia dónde. La planicie que creí sería mi salvación no eran más que cinco metros cuadrados alrededor de los cuales se dibujaban los infinitos túneles laberínticos que llevaban a ningún lugar. Lo peor era que ya ni siquiera escuchaba las melodiosas gotas de agua gracias a las cuales me quebré los huesos. No sé si será por el resbalón o por los días de encierro, pero me parece ver una luz. La veo cuando cierro los ojos y dejo que mi ser se llene del perfume y la mirada de esa extraña mujer, que como una pintura cubista traspasó la escalera y me condujo al vacío.

Y casi enseguida anochece



Después de darle de comer al perro, verificar que la estufa estuviera apagada y la plancha desconectada, guardó en el bolso una sombrilla, cogió las llaves y rápidamente se dirigió a la puerta. Al agarrar la manija para salir, fue asaltada por una duda, regresó y con lo primero que encontró –tal vez un lápiz de labios- escribió una nota en un papelito cuadriculado que luego puso en la nevera, asegurándolo con un horroroso imán en forma de fruta. El perro no hacía más que batir la cola y, con un ladrido, se abalanzó sobre Laura, rasgando sus medias veladas. Ella hizo una extraña mueca, intentando disimular el agujero de las medias pero lo único que consiguió fue dejarlo del tamaño de su rodilla izquierda. ¡Perro malo!, fue todo lo que dijo, resignada a cambiarse de ropa.
Minutos más tarde, Laura bajó las escaleras como un huracán, haciendo que la trenza de su pelo bailara a un ritmo vertiginoso. Vestía un pantalón de color claro que no le lucía tan bien como la falda azul y las medias veladas, pero qué se le iba a hacer si ya no había más tiempo. Bajo el brazo derecho aprisionaba una carpeta de tamaño cuarto de pliego, al lado de la cual ella parecía una muñeca de trapo. Por fin llegó a la puerta. Los ladridos del perro se tornaban cada vez más insoportables. Laura, con una sonrisa dibujada en la cara, le acarició las orejas al mamífero diciéndole Ya, ya… Vuelvo pronto… ¡Ve para el patio a cazar lagartijas!, creyendo que con eso iba a tranquilizar a semejante animal.
Su amado e insufrible san bernardo babeaba sin moverse un ápice de la puerta. Laura se vio obligada a empujarlo hasta que finalmente consiguió salir, muy a pesar de los ladridos del cuadrúpedo, que podían enloquecer a todo el barrio, sobretodo en las noches de luna llena. Aún no había descendido ni la mitad de las escaleras del callejón cuando se detuvo, cerró los ojos apretándolos al igual que sus puños y en su mente se dibujó un par de lagartijas azules y brillantes. En ese instante los ladridos cesaron. Laura abrió los ojos y continuó bajando las escaleras a la velocidad de un rayo, pues se le había hecho un poco demasiado tarde y si había algo que a ella le molestaba era la impuntualidad. En un bus no alcanzaría a llegar a la cita; lo mejor era irse en taxi y rogar que las vías no estuvieran tan congestionadas como solían ponerse a esa hora de la mañana.


Si no me hubieran robado la bicicleta…, pensaba Laura, cabizbaja, emitiendo un hondo suspiro que hizo estremecer al conductor del taxi. Por un segundo se miraron a través del espejo retrovisor. Un trueno retumbó haciendo temblar el universo entero. Sí, había sido eso lo que le puso la piel de gallina, un trueno y no el suspiro de Laura, o al menos eso fue lo que quiso creer el chofer para no hacerse falsas ilusiones como solía hacerlo con la mayoría de las pasajeras solitarias que le hacían compañía por algunos minutos. El aguacero no se hizo esperar, y Laura que vestía pantalón claro, no pudo más que maldecir. Siempre sucedía lo mismo, salía con la ropa reluciente y al volver a casa, sus prendas llegaban estampadas de manchas de lodo.
Manuel, que así se llamaba el taxista, la miraba de reojo cada vez que podía y se le figuró que ella se veía más hermosa cuando maldecía, pues sus ojos se tornaban más grandes y brillantes. Con la lluvia vino el embotellamiento en la avenida y casi en todas las calles de la ciudad, pero a Laura ni se le pasaba por la cabeza que existieran más calles, y si existían, ¿por qué a ella le había tocado andar justo por la más caótica? Sin pensarlo dos veces miró el taxímetro, sacó el dinero exacto de su cartera y extendiéndolo hacia el taxista, cuyo nombre Laura desconocía a pesar de que estaba en un carné colgado al lado del retrovisor, dijo me quedó aquí y se bajó sin más ni más. Pero sí con menos, pues mientras ella corría abriéndose paso entre el río de gente y sacando torpemente la sombrilla de su bolso, el taxista, que aunque nadie se lo preguntara sí tenía nombre que como ya se sabe era Manuel, miró el asiento de su poderosa nave y cuál sería su sorpresa al ver que no estaba vacío, sino que estaba medio lleno, pues la enorme carpeta de Laura estaba bien sentada y resguardada de la lluvia. Por un momento Manuel detuvo el taxi y se preguntó ahora qué haría, pues ni siquiera sabía el nombre de aquella señorita presurosa. Lo único que pensaba era que esa carpeta y su contenido seguramente eran muy importantes para ella. Así que después de perder el tiempo poniendo a prueba la telepatía e inventando planes absurdos, hizo lo que mejor le pareció que era buscarla en la dirección que ella misma le había indicado al subirse. Alguien le daría información o a lo mejor la encontraría en la puerta, aguardando que su taxista salvador apareciera con su preciado tesoro.


Laura, hecha un caldo con patas, entró al auditorio donde, a lo largo de una mesa rectangular, su jefe y otros distinguidísimos miembros de la compañía, impacientes, esperaban por los nuevos diseños de los empaques que le habían encargado hace un par de semanas. Hasta ese momento Laura parecía no darse cuenta de nada y sólo cuando su jefe, que era el más gordo de todos los presentes, se levantó de la silla, miró su reloj de pulsera y con una graciosa voz, como si hubiera aspirado el gas de una bomba inflada con helio, dijo: Estamos ansiosos por ver con qué nos vas a sorprender, sólo hasta ese momento Laura cayó en cuenta de que no tenía nada que hacer allí. Buscó dentro del bolso inútilmente, pues recordó que el disco con la información también estaba en la carpeta. Cerró sus ojos apretándolos al igual que cuando inventaba lagartijas para entretener al perro, pero por más que intentaba concentrarse ni uno solo de los folios con los diseños que había trazado durante agobiantes días de trabajo, aparecían frente a sí. Lo único que surgió en medio de la densa bruma que nublaba sus pensamientos, fue una carta de cancelación del contrato por incumplimiento y los hilos de agua que no cesaban de escurrir desde su cabeza, dejando huellas húmedas a cada paso que daba.


La lluvia disminuía poquito a poco, las gotas seguían resbalando por el parabrisas y de vez en cuando aparecía un rayo para iluminar la jornada. Manuel no lograba sintonizar ninguna emisora y no tuvo más remedio que echarle la culpa al mal clima que volvía la ciudad patas arriba. Los vehículos avanzaban lentamente y el taxi iba ganando calles hasta acercarse a la dirección señalada. Al voltear la esquina Manuel se detuvo, bajó corriendo, no sin antes agarrar la voluminosa carpeta y pasando los controles de seguridad -ya que el portero del edificio se encontraba tomando café y riendo animadamente con la señora del aseo- se dio a la tarea de encontrar a la señorita anónima que le había pedido llevarla hasta allá. Nadie le dio razón… claro, si al menos hubiera sabido el nombre.
La sombrilla de Laura estaba hecha un desastre; tenía dos patas rotas y un agujero cerca del centro, de tal suerte que llovía casi tanto debajo de la sombrilla como sin ella; de ahí el aspecto de Laura al entrar a la sala de juntas de la oficina. Manuel conducía lentamente, mirando a un lado y a otro de la calle, convencido de hallarla cerca de allí. Apenas vio un millón de manchas oscuras en la parte inferior de un pantalón claro, supuso que era ella y al ver la trenza cargada de agua que colgaba en su espalda, no tuvo la menor duda, era la mujer que andaba buscando con desesperación.
Descendió del taxi, dejándolo mal parqueado y como un loco salió corriendo detrás de ella. Cuando ya estaba casi a su lado, tuvo una extraña sensación de no saber qué decir ni qué hacer y pensó que prefería que la tierra se lo tragara. Por andar con la cabeza en las nubes se tropezó y fue a meter un pie en un hueco de la calle, torciéndose el tobillo.
Laura ni se daba por enterada de que había alguien caminando tras ella; tan triste y desolada estaba que se olvidó del mundo entero y ya ni recordaba que había dejado la carpeta olvidada en el taxi. Manuel también la había olvidado en el carro, después de salir de la oficina. Tal vez por eso era que no sabía con qué pretexto acercarse a Laura. Y ahora para colmo estaba cojo y con un buen raspón en las manos. Agradeció no haber llevado la carpeta porque si no hubiera apoyado las dos manos en el suelo, a lo mejor se habría roto la nariz.Laura sintió un golpe en el hombro izquierdo. Al girar la cabeza reconoció a Manuel; sus ojos brillaron, dejó el pedazo de sombrilla abandonado y se acercó a él, que en una sola palabra se veía lamentable. Él lo sabía. Y pensar que en la mañana había salido radiante y perfumado. Pero todo había sido por su terquedad y por la absurda obsesión por encontrar a aquella mujer, y sí, también por culpa de ella que andaba dejando las cosas olvidadas por ahí. El viento sopló con furia, llevando consigo lo que quedaba de la sombrilla que a medida que se elevaba por el aire se parecía a un pájaro de hermoso plumaje rojo que volaba hasta perderse en medio de las nubes grises. Un golpe más sacudió a Laura, esta vez en la espalda, y como si no fuera ya suficiente con andar cojo y con las manos raspadas, una piedrita golpeó la cabeza de Manuel. Y después de esa piedrita vino una piedra más grande y otra que le atinó a la punta de la nariz de Laura.

En la calle, que hace pocos minutos se asemejaba a un hormiguero con tantos transeúntes que corrían huyendo del aguacero, no había más que tres niñas de unos ocho o diez años. El resto de la cuadra estaba desolada. Las fierecillas se divertían recogiendo piedras y apuntando tanto al cuerpo de Laura como al de Manuel y mientras reían burlonamente, decían cuanta estupidez se les ocurría. Ellos estaban ya casi agachados, como aves que esconden la cabeza entre el pecho para protegerse de sus predadores. Manuel solamente levantó la cabeza al escuchar el ruido de un motor, pero cuando se percató ya era demasiado tarde. La grúa que arrastraba su taxi le llevaba calle y media de ventaja y con el pie malo como estaba, jamás la habría alcanzado.

Las pequeñas bandidas no cesaban su arremetida que parecía divertirles especialmente a medida que las heridas de Laura y Manuel se hacían más grandes, y de piedra en piedra que les arrojaban el mundo se iba despedazando. Los ojos de Laura se tornaron rojizos y tan brillantes que con una sola mirada habría sido capaz de incinerar un avestruz entera. Extendió su mano que tomó la forma de una sombrilla, pero no de la sombrilla rota que había guardado en su bolso antes de salir de la casa, gracias a la cual parecía un caldo con patas, sino que sus dedos habían inventado un paraguas automático fuerte y resplandeciente con el que cubrió a Manuel y se cubrió a sí misma. Las piedras rebotaban en la tela como si fueran gotas de agua, que llegaban nuevamente a los pies de las agresoras.


Laura y Manuel se abrazaron y cerraron sus ojos hasta que dejaron de sentir el impacto de las piedras. A lo mejor las sabandijas se habían cansado y habían huido antes de que cayera la noche. Cuando abrieron los ojos, se encontraban en una pequeña casita de madera que tenía una ventana en el techo. Muy lejos había quedado la calle húmeda con todo el malestar que les había ocasionado.
Al sacudirla en el aire un par de veces, la mano de Laura recuperó su forma natural, de otra manera no habría podido acariciar el rostro malherido de Manuel. A él le pareció que la sangre le daba un matiz especial al pecho de Laura, pues contrastaba con la palidez de su cara. Sin embargo, hubiera preferido que el delgado cuerpo de ella permaneciera ileso y que fuera un beso de él el que le hiciera ruborizar las mejillas. Pero hasta ahora ni siquiera se habían dicho sus nombres y ya no había tiempo para eso. Sus manos, su piel, su existencia entera ardía por el dolor de las heridas y cuando se acercaban, no hacían otra cosa que provocar chispas que brotaban de sus cuerpos y se iban esparciendo por el suelo e incluso por las paredes de la casita. De sus ojos cansados brotaban destellos de ternura y de sus manos emanaba la tibieza que se siente después del amor. Lentamente, como una brasa que se atiza de cuando en cuando y va creciendo expandiendo sus brazos de fuego, Laura y Manuel curaron sus heridas, que junto con ellos se deshicieron trasformándose en llama viva que consumió cada madero de la casa, hasta que esta desapareció por completo y no quedó más que la luz de la luna llena encima de las cenizas y los ladridos de un perro que se quejaba a lo lejos.