
Oh, no, aún no estoy en edad de morir… por suerte soy cien veces más ágil que tú. ¡Maldición! No me fijé en qué momento cerraron la puerta. Muy bien. Debo calmarme. No puedo, no puedo, no puedo. Tengo que salir de aquí. Y ese chico otra vez mirándome así…. Ojalá no se le dé por arrojarme la almohada o uno de esos juguetes de plástico con forma de pájaro. Un día vi uno de esos juguetes atravesando el cielo. Era inmenso y ruidoso y nadie lo sostenía con la mano, sino que se movía por sí solo.
–¿Cómo amaneció mi niño? ¿Dormiste bien? Apuesto a que otra vez soñaste con el hombre araña. ¿Se puede saber por qué está abierta esa ventana? Lávate las manos y baja que ya voy a servir el desayuno.
Gracias al cielo llegó esa mujer. Moriré de vieja y no porque a un indeseable ser de esos se le ocurra aplastarme. Ay, mi pobre hijo, que no alcanzó a vivir lo suficiente y todo por culpa de un desgraciado armado con un periódico… ¡Por fin a salvo!
Salió dando tumbos. En su afán casi se estrella con el marco de la puerta, aunque sus movimientos por lo general no eran torpes y su excelente visión le ayudaba a lidiar con los obstáculos. Había pasado toda lo noche fuera, así que antes de desayunar descansó apoyándose en la mesa del televisor que se encontraba en la sala de estar, procurando pasar desapercibida. La mañana, aunque soleada era fría, pero como de costumbre, la familia ya estaba levantada: era día de colegio. Mariana ya había bañado a Sebastián, tenía que dejar la casa arreglada y recibir a la terapeuta antes de salir con los niños, pues hoy la enfermera no llegaría sino hasta las nueve y media de la mañana.
El bullicio incrementaba con el ir y venir de los dos pequeños que hacían desesperar a su madre negándose a tomar el baño, o poniéndose a jugar con la fruta y el cereal, dejando el comedor hecho un desastre. Afortunadamente, Mariana ya había aprendido cómo calmarlos y le tranquilizaba pensar que durante las próximas horas estarían en el colegio mientras ella seguía con sus ocupaciones en la oficina, haciendo de cuenta que llevaba una vida normal.
Fue con el ruido de los chicos que la dormilona se despertó y después de bostezar y frotarse la cara para desperezarse, atravesó un luminoso corredor hasta llegar a una habitación silenciosa, en la que pensó que estaría sola y podría seguir descansando hasta que el hambre la hiciera ir en busca de un bocado que calmara sus ansias. El cuarto estaba en penumbra por lo cual tardó un instante en acomodar su visión a las nuevas condiciones a las que se sometía. Sin embargo alcanzó a divisar un cuerpo inmóvil al cual se acercó lentamente, temiendo por su vida.
Duerme plácidamente. Apenas siento su respiración. Está profundo. Me voy a acercar un poco más. Qué raro que duerma con los ojos abiertos. Una vez vi una mujer que abría un poco los ojos al dormir dejando a la vista una delgada línea blanca en medio de las pestañas. Pero nunca había visto a alguien dormir con los ojos tan abiertos. Y además parpadea. ¡Me está mirando! Está bien, ya me voy, lo siento mucho, no quería despertarlo…
Sin entender por qué se quedó petrificada, excepto por sus débiles extremidades que temblaban. Sus enormes ojos no podían apartar la vista de los de él que la miraba fijamente. Entonces fue cuando se dio cuenta de que él tampoco se movía; sólo parpadeaba y de su boca ligeramente abierta, escurría un hilo de saliva. Ella se elevó con su voz continua y bronca cerca de las orejas del hombre que permanecía rígido ante el desesperante sonido que emitía; lo recorrió desde la cabeza hasta los pies y se acercó nuevamente a su pecho, tendiéndose sobre la manta que lo cubría.
Pobre hombre. Y yo que pensé que estaba dormido. Por lo menos con él no corro peligro. Seguramente no puede comer. Ni siquiera le traerán agua. Quién sabe qué pensamientos pasen por su cabeza. Desdichado, ¿si podrá pensar al menos? Qué mierda es esto... Lo que me faltaba. Si pudiera moverme por un minuto, sólo uno, no pido más, un minuto para deshacerme de ti. ¡Vete, lárgate de una buena vez, ve a molestar a alguien que pueda pelear en igualdad de condiciones! Todo me imaginé menos una situación como esta. No soy capaz de matar ni siquiera a una mosca… no valgo ni un centavo.
–Ya está todo arreglado, mi vida. No te preocupes por nada.
Afortunadamente llegaste, Mariana. Tú si podrás con ella y si lo haces juro que no me vuelvo a quejar por nada. Es decir, si pudiera quejarme no lo volvería a hacer.
Salió volando en cuanto sintió que la puerta se abría y vio entrar a la misma mujer a la que había visto hace un rato en el cuarto del chico. Prefirió quedarse a presenciar la escena, a pesar de tener que esconderse y de aplazar la hora del desayuno, pues el hambre comenzaba a hacerse sentir. Mariana se sentó en la cama al lado de Sebastián, le acarició una mano y con una sonrisa fingida se estiró hasta la mesa de noche de donde sacó un paquete de pañuelos desechables. Cogió uno para limpiarle la saliva. Intentó presionar suavemente su mandíbula inferior para cerrarle la boca, pero era inútil, pues de cualquier manera se le volvía a escurrir. Los ojos de Mariana se tornaron brillantes y unas lágrimas asomaron, pese al esfuerzo que ella hacía por contenerlas.
Me gusta mucho verte, de verdad lo necesito, pero no quiero que me veas así. No es justo con ninguno de los dos. Tu mano de terciopelo limpiándome las babas como si fuera un bebé. Es mejor que te vayas. Esto no es sano para ti. Y para mí tampoco. Ojalá estuviera aprobada la eutanasia en este país. Claro que si lo estuviera, sé que no serías capaz de ayudarme. ¿Es que no te das cuenta que estoy muriendo, que esto es peor que el infierno, que preferiría morir ahora mismo, en vez de verte sufrir?
–Ay, mi Sebastián… –Mariana limpió sus ojos y se sonó, pero esta vez eran los ojos de él los que se humedecían –Regreso temprano. Los niños se van a quedar esta noche con mi mamá. Le pedí el favor de pasar por ellos. Así puedo estar pendiente de ti.
No. Lo mejor es que estés con ellos que te necesitan más que yo. Tampoco quiero que vean a su padre peor que un vegetal. Mis chiquitos… cómo me gustaría acompañarlos a desayunar y regresar en la noche a jugar con ellos. Ya que no lo hice tantas veces como hubiera querido no es hora de lamentaciones. Ahora deben mantenerse lejos de mí, no quiero que sufran. Por eso tienes que ir con ellos, Mariana, tienes que cuidarlos y dedicarles el tiempo que yo no pude.
–Ya verás que todo va a salir bien.
La impertinente se había dormido en un rincón. Nadie reparaba en ella. Sebastián sabía que él no se iba a recuperar y que sólo sería una carga para su familia, en especial para Mariana que debía seguir trabajando, y ahora con mayor intensidad, pues los gastos de la casa no eran pocos y algunas medicinas, las más costosas, no las cubría el seguro. Nada sería como antes y la peor parte la llevaba su esposa, que se veía obligada a mantener el buen ánimo y la calma frente a sus hijos, mientras él los observaría sin poder hacer o decir la menor cosa. No podía engañarse; por más terapias, exámenes, cirugías… nada le devolvería el movimiento. Estaba condenado a pasar el resto de su vida como una piedra atravesada en el camino de las personas que amaba. Sonó un timbre, despertando a la intrusa. Mariana le dio un beso en la frente a su esposo, soltó su mano y salió de prisa a abrirle a la terapeuta, mientras la otra volvió a acercarse a Sebastián, interrumpiendo sus pensamientos.
No lo sabes pero eres muy afortunada. Sólo vivirás unos cuantos días, por mucho un par de semanas. En cambio yo estoy irremediablemente atado a esta porquería de vida. Eso. Continúa zumbando, inocente de lo que te espera. Andando en movimientos uniformes, dibujando cuadrados. A mí nadie me hará daño. Me van a cuidar hasta que se cansen de mí y comiencen a odiarme. Ya nadie querrá estar conmigo. Cuando mis hijos crezcan y Mariana les pida que se queden conmigo mientras ella va al trabajo, para ellos será el peor castigo, me mirarán con rabia, con desprecio y con lástima. Y entonces voy a desear que alguien me aplaste como si fuera un insecto. Seguro que tú no tienes hijos y si los tuvieras qué te importaría. Maldita seas. Tienes una vida mejor que la mía y no eres nada, pero con tu presencia lo alteras todo. Hasta me atrevería a afirmar que eres feliz. En cambio yo soy más insignificante que cualquier bicho por minúsculo que sea. Mi vida es, en este momento, una condena eterna que tendré que sufrir, sólo Dios sabe hasta cuándo.
Mariana entró acompañada de la terapeuta quien le indicaba unos ejercicios sencillos que debía poner a prueba con Sebastián y le decía que del resto se ocuparía ella. Eso sí, que no podía dejar pasar un solo día sin realizarlos, porque ella sola no iba a hacer que Sebastián mejorara. Acercándose al paciente, la terapeuta ponía en práctica lo que le iba explicando a Mariana y la animaba a imitar sus acciones. En ese momento entró una niña de unos siete años, vistiendo uniforme de colegio y llevando una lonchera en la mano.
–Mami, ¿ya nos vamos?
Se hacía tarde. Mariana se despidió de la mujer, encargándole el cuidado de su esposo al cual besó en la mejilla y salió tomando a la niña de la mano. La puerta quedó abierta y como la siesta había sido larga, había que aprovechar la oportunidad para salir a comer, pues su panza estaba rugiendo del hambre. De todas formas él se quedaría acompañado y como no había nadie más en la casa, podía darse el lujo de hacer lo que le viniera en gana sin que nadie la molestara.
Vamos a ver cuál es el menú para hoy. La casa es muy bonita y esa mujer luce elegante. Supongo que hay gran cantidad de manjares. Ya me estoy saboreando. No huele a comida, más bien se siente un aroma a limpiador de pino. No veo nada comestible por aquí. Quién sabe de qué se alimentará esta familia. Pero seguro no será de aire. Algo encontraré.
Al llegar a la cocina dio una vuelta de reconocimiento del terreno y se dirigió hacia la bolsa de la basura, a ver qué hallaba entre los desperdicios. Comió hasta saciarse sin proferir queja alguna. A veces resultaba exigente y no se conformaba con cualquier cosa, pero viendo la delicada situación que se vivía en aquel lugar intentó disfrutar del desayuno como si fuera el mejor que había probado en toda su vida.
Y ese pobre hombre que no puede ni pasar bocado. Me gustaría darle una palabra de aliento, si me entendiera, pero qué se le puede decir a alguien que se encuentra en semejante condición. Es imposible reconfortar a un ser que sufre de esa manera. Y además seguro tenía ganas de acabar conmigo, yo, que nada le he hecho más que compañía.
Su apetito no era tan voraz como otras veces, pues realmente se sentía afectada por el hombre que era incapaz de matarla. Eso hizo decaer su ánimo, pero no podía dejar de alimentarse, porque quién sabe hasta cuándo podría volver a comer, aunque si lo pensaba con calma, jamás le había faltado un bocado de comida y hasta podía afirmar que llevaba una buena vida. Decidió pasar allí todo el día y le pareció buena idea permanecer en el cuarto de Sebastián, como para que él sintiera que ella se preocupaba por su bienestar, sin pensar en que lo más probable es que su presencia lo incomodara. Por otra parte, allí se sentía segura. Con él no corría ningún peligro y el día se pasaría como un suspiro: comiendo, durmiendo, dando una vuelta por la casa cuando necesitara estirarse y descansando en cualquier rincón. Se encaminó por el pasillo hacia la habitación sombría, no tanto por la poca luz, sino por la triste condición del hombre.
Muy triste, es para lamentarse. Esta vez procuraré no molestarlo. Lo observaré de lejos y sólo si él lo permite me acercaré. Si no me mira será porque no le importa mi presencia y podré quedarme un rato tendida sobre la manta blanca que cubre su pecho. Si por el contrario me mira con furia, daré por entendido que debo mantenerme a una distancia prudente.
Quedó deslumbrada cuando al entrar al cuarto, un fuerte rayo de sol apuntó directo a sus ojos, alterando su percepción visual y por tanto disminuyendo su agilidad. La terapeuta había subido la persiana para que la sesión resultara más agradable y porque el lugar adquiría una tibieza que le sentaba bien a Sebastián. Lo había dejado solo un momento mientras contestaba una llamada telefónica, paseándose de un lado a otro cerca de la ventana y asintiendo con la cabeza, como si su interlocutor pudiera verla. Así que el espacio era propicio para ir con él, aprovechando la distracción de la mujer. De esta manera, ella rodeó su cabeza produciendo un sonido que exasperaba al hombre inmóvil quien apenas podía seguir sus movimientos con las pupilas y eso ya le costaba bastante trabajo.
¿Sería mucho pedir que me dejaras en paz? ¡Largo de aquí! Deberías estar fuera, prendida a un árbol o hurgando entre los contenedores. Se nota que no entiendes nada.
Se detuvo justo en la punta de la nariz de Sebastián que parecía bizco, tratando de alejarla con la mirada. La atrevida se puso a mirar al interior de sus fosas nasales.
–Muy bien, entonces lo espero mañana a las tres en la clínica…
¡Te vas ahora mismo! No te soporto más. Pero qué descarada eres. Búscate algo más que hacer. Lo único que haces es divertirte con mi sufrimiento.
–Sí, sí. Bueno, así quedamos.
¿Habrá podido dormir bien anoche, o también estará trasnochado?
–Hasta entonces.
Tan pronto la terapeuta colgó, ella se escabulló aliviando al hombre que debía volver a los ejercicios que le imponía su nueva vida. Al otro lado de la habitación ella observaba en silencio: la mujer sostenía una mano de Sebastián entre sus manos y le movía los dedos mientras hablaba. Él parpadeaba, intentando concentrarse en lo que ella le decía.
No. Eso no es vida. Al parecer él entiende lo que le dicen, pero tal vez no quiera escuchar nada. Ahora estoy segura de que pasó mala noche. Sus ojos lucen cansados. Siento pena. Es un hombre joven. Habría podido hacer tantas cosas y ahora sus días son sólo un arrume de momentos desechados desde antes de existir. Me alentaría un poco saber que él tuvo aunque sea un instante de felicidad. Y si no lo tuvo entonces nada vale la pena.
Permaneció en el cuarto observando la terapia. Cuanto más tiempo pasaba contemplando a Sebastián más se convencía de que él preferiría estar muerto, que de alguna manera lo estaba o acaso qué posibilidades tenía en la vida, sino estar inmóvil dependiendo de los demás y si no había nadie pendiente de él, moriría en el abandono. Siguió en sus cavilaciones hasta que el mundo se le hizo insoportable.
Salió de la habitación. Por última vez recorrió el pasillo y lo sintió agradable. A pesar de estar vacío, le parecía que tenía más vida que la alcoba matrimonial en la que ahora aquel hombre dormía solo. Imaginó que la casa se vería más bonita con los niños jugando y la esposa corriendo tras ellos. Pero sabía que si ese lugar había sido alegre, ya no lo volvería a ser más. El espacio se había detenido y no había vuelta de hoja; la vida debía continuar haciendo de cuenta que no sucedía nada. Sumida en esos pensamientos llegó hasta la cocina.
Ya está. No hay nada más que hacer. Sólo deseo que su sufrimiento acabe lo más pronto posible. Sé que será lo mejor para él y para su familia. Su esposa podrá dedicarle más tiempo al cuidado de los hijos y él se sentirá en paz. Por fin se librará de la pesadez de su cuerpo que lo mantiene atado a una existencia sin sentido.
Miró alrededor y emitió un profundo suspiro, como queriendo dejar un trozo de alma suspendido en el aire. Se acercó a la bolsa que se encontraba bajo el fregadero y se arrojó en su interior, sumergiéndose en la basura, en los desperdicios de comida de los que antes se alimentaba y que ahora no eran más que el reflejo de la vida que había llevado, pues no pudo más que pensar que la vida era una mierda. Por lo menos ella podía hacer algo para poner fin al asunto, pero Sebastián tendría que esperar hasta que alguien se apiadara de él, o hasta que su organismo dejara de funcionar por completo. Se enterró a sí misma en medio de cáscaras de fruta podrida, del polvo acumulado en la bolsa de la aspiradora que Mariana había vaciado el día anterior, las sobras de la cena de la noche pasada, los empaques de frituras que comían los niños y los pedazos de una vieja porcelana que no pudo soportar la difícil situación familiar.
La luz de la mañana se colaba a través del velo que cubría la ventana; el canto de los pájaros impregnaba el ambiente de un aire melancólico. Habría sido imposible escoger un día más bello que ese para abandonar el mundo.