lunes, 26 de octubre de 2009

Racha de suerte – Cómo me hice escritor (Fragmento)



Roald Dahl en “Historias extraordinarias”

He aquí algunas de las cualidades que debería poseer o tratar de adquirir si desea convertirse en escritor de ficción:
1. Debe tener una imaginación viva
2. Debe ser capaz de escribir bien. Con eso quiero decir que debe ser capaz de hacer que una escena cobre vida en la mente del lector. No todo el mundo posee esta habilidad. Es un don que sencillamente se tiene o no se tiene.
3. Debe tener resistencia. Dicho de otro modo, debe ser capaz de seguir con lo que hace sin darse jamás por vencido, hora tras hora, día tras día, semana tras semana y mes tras mes.
4. Tiene que ser un perfeccionista. Eso quiere decir que nunca debe darse por satisfecho con lo que ha escrito hasta que lo haya reescrito una y otra vez, haciéndolo tan bien como le sea posible.
5. Debe poseer una gran autodisciplina. Trabaja usted a solas. Nadie le tiene empleado. Nadie le pondrá de patitas en la calle si no acude al trabajo y nadie le reñirá si hace usted el vago.
6. Es una gran ayuda tener mucho sentido del humor. Esto no es esencial cuando se escribe para adultos, pero es de vital importancia cuando se escribe para niños.
7. Debe tener cierto grado de humildad. El escritor que piense que su obra es maravillosa, lo pasará mal.

lunes, 19 de enero de 2009

Con un zumbido en la cabeza


Oh, no, aún no estoy en edad de morir… por suerte soy cien veces más ágil que tú. ¡Maldición! No me fijé en qué momento cerraron la puerta. Muy bien. Debo calmarme. No puedo, no puedo, no puedo. Tengo que salir de aquí. Y ese chico otra vez mirándome así…. Ojalá no se le dé por arrojarme la almohada o uno de esos juguetes de plástico con forma de pájaro. Un día vi uno de esos juguetes atravesando el cielo. Era inmenso y ruidoso y nadie lo sostenía con la mano, sino que se movía por sí solo.
–¿Cómo amaneció mi niño? ¿Dormiste bien? Apuesto a que otra vez soñaste con el hombre araña. ¿Se puede saber por qué está abierta esa ventana? Lávate las manos y baja que ya voy a servir el desayuno.
Gracias al cielo llegó esa mujer. Moriré de vieja y no porque a un indeseable ser de esos se le ocurra aplastarme. Ay, mi pobre hijo, que no alcanzó a vivir lo suficiente y todo por culpa de un desgraciado armado con un periódico… ¡Por fin a salvo!

Salió dando tumbos. En su afán casi se estrella con el marco de la puerta, aunque sus movimientos por lo general no eran torpes y su excelente visión le ayudaba a lidiar con los obstáculos. Había pasado toda lo noche fuera, así que antes de desayunar descansó apoyándose en la mesa del televisor que se encontraba en la sala de estar, procurando pasar desapercibida. La mañana, aunque soleada era fría, pero como de costumbre, la familia ya estaba levantada: era día de colegio. Mariana ya había bañado a Sebastián, tenía que dejar la casa arreglada y recibir a la terapeuta antes de salir con los niños, pues hoy la enfermera no llegaría sino hasta las nueve y media de la mañana.
El bullicio incrementaba con el ir y venir de los dos pequeños que hacían desesperar a su madre negándose a tomar el baño, o poniéndose a jugar con la fruta y el cereal, dejando el comedor hecho un desastre. Afortunadamente, Mariana ya había aprendido cómo calmarlos y le tranquilizaba pensar que durante las próximas horas estarían en el colegio mientras ella seguía con sus ocupaciones en la oficina, haciendo de cuenta que llevaba una vida normal.

Fue con el ruido de los chicos que la dormilona se despertó y después de bostezar y frotarse la cara para desperezarse, atravesó un luminoso corredor hasta llegar a una habitación silenciosa, en la que pensó que estaría sola y podría seguir descansando hasta que el hambre la hiciera ir en busca de un bocado que calmara sus ansias. El cuarto estaba en penumbra por lo cual tardó un instante en acomodar su visión a las nuevas condiciones a las que se sometía. Sin embargo alcanzó a divisar un cuerpo inmóvil al cual se acercó lentamente, temiendo por su vida.


Duerme plácidamente. Apenas siento su respiración. Está profundo. Me voy a acercar un poco más. Qué raro que duerma con los ojos abiertos. Una vez vi una mujer que abría un poco los ojos al dormir dejando a la vista una delgada línea blanca en medio de las pestañas. Pero nunca había visto a alguien dormir con los ojos tan abiertos. Y además parpadea. ¡Me está mirando! Está bien, ya me voy, lo siento mucho, no quería despertarlo…
Sin entender por qué se quedó petrificada, excepto por sus débiles extremidades que temblaban. Sus enormes ojos no podían apartar la vista de los de él que la miraba fijamente. Entonces fue cuando se dio cuenta de que él tampoco se movía; sólo parpadeaba y de su boca ligeramente abierta, escurría un hilo de saliva. Ella se elevó con su voz continua y bronca cerca de las orejas del hombre que permanecía rígido ante el desesperante sonido que emitía; lo recorrió desde la cabeza hasta los pies y se acercó nuevamente a su pecho, tendiéndose sobre la manta que lo cubría.
Pobre hombre. Y yo que pensé que estaba dormido. Por lo menos con él no corro peligro. Seguramente no puede comer. Ni siquiera le traerán agua. Quién sabe qué pensamientos pasen por su cabeza. Desdichado, ¿si podrá pensar al menos?
Qué mierda es esto... Lo que me faltaba. Si pudiera moverme por un minuto, sólo uno, no pido más, un minuto para deshacerme de ti. ¡Vete, lárgate de una buena vez, ve a molestar a alguien que pueda pelear en igualdad de condiciones! Todo me imaginé menos una situación como esta. No soy capaz de matar ni siquiera a una mosca… no valgo ni un centavo.
–Ya está todo arreglado, mi vida. No te preocupes por nada.
Afortunadamente llegaste, Mariana. Tú si podrás con ella y si lo haces juro que no me vuelvo a quejar por nada. Es decir, si pudiera quejarme no lo volvería a hacer.


Salió volando en cuanto sintió que la puerta se abría y vio entrar a la misma mujer a la que había visto hace un rato en el cuarto del chico. Prefirió quedarse a presenciar la escena, a pesar de tener que esconderse y de aplazar la hora del desayuno, pues el hambre comenzaba a hacerse sentir. Mariana se sentó en la cama al lado de Sebastián, le acarició una mano y con una sonrisa fingida se estiró hasta la mesa de noche de donde sacó un paquete de pañuelos desechables. Cogió uno para limpiarle la saliva. Intentó presionar suavemente su mandíbula inferior para cerrarle la boca, pero era inútil, pues de cualquier manera se le volvía a escurrir. Los ojos de Mariana se tornaron brillantes y unas lágrimas asomaron, pese al esfuerzo que ella hacía por contenerlas.
Me gusta mucho verte, de verdad lo necesito, pero no quiero que me veas así. No es justo con ninguno de los dos. Tu mano de terciopelo limpiándome las babas como si fuera un bebé. Es mejor que te vayas. Esto no es sano para ti. Y para mí tampoco. Ojalá estuviera aprobada la eutanasia en este país. Claro que si lo estuviera, sé que no serías capaz de ayudarme. ¿Es que no te das cuenta que estoy muriendo, que esto es peor que el infierno, que preferiría morir ahora mismo, en vez de verte sufrir?
–Ay, mi Sebastián… –Mariana limpió sus ojos y se sonó, pero esta vez eran los ojos de él los que se humedecían –Regreso temprano. Los niños se van a quedar esta noche con mi mamá. Le pedí el favor de pasar por ellos. Así puedo estar pendiente de ti.
No. Lo mejor es que estés con ellos que te necesitan más que yo. Tampoco quiero que vean a su padre peor que un vegetal. Mis chiquitos… cómo me gustaría acompañarlos a desayunar y regresar en la noche a jugar con ellos. Ya que no lo hice tantas veces como hubiera querido no es hora de lamentaciones. Ahora deben mantenerse lejos de mí, no quiero que sufran. Por eso tienes que ir con ellos, Mariana, tienes que cuidarlos y dedicarles el tiempo que yo no pude.
–Ya verás que todo va a salir bien.


La impertinente se había dormido en un rincón. Nadie reparaba en ella. Sebastián sabía que él no se iba a recuperar y que sólo sería una carga para su familia, en especial para Mariana que debía seguir trabajando, y ahora con mayor intensidad, pues los gastos de la casa no eran pocos y algunas medicinas, las más costosas, no las cubría el seguro. Nada sería como antes y la peor parte la llevaba su esposa, que se veía obligada a mantener el buen ánimo y la calma frente a sus hijos, mientras él los observaría sin poder hacer o decir la menor cosa. No podía engañarse; por más terapias, exámenes, cirugías… nada le devolvería el movimiento. Estaba condenado a pasar el resto de su vida como una piedra atravesada en el camino de las personas que amaba. Sonó un timbre, despertando a la intrusa. Mariana le dio un beso en la frente a su esposo, soltó su mano y salió de prisa a abrirle a la terapeuta, mientras la otra volvió a acercarse a Sebastián, interrumpiendo sus pensamientos.
No lo sabes pero eres muy afortunada. Sólo vivirás unos cuantos días, por mucho un par de semanas. En cambio yo estoy irremediablemente atado a esta porquería de vida. Eso. Continúa zumbando, inocente de lo que te espera. Andando en movimientos uniformes, dibujando cuadrados. A mí nadie me hará daño. Me van a cuidar hasta que se cansen de mí y comiencen a odiarme. Ya nadie querrá estar conmigo. Cuando mis hijos crezcan y Mariana les pida que se queden conmigo mientras ella va al trabajo, para ellos será el peor castigo, me mirarán con rabia, con desprecio y con lástima. Y entonces voy a desear que alguien me aplaste como si fuera un insecto. Seguro que tú no tienes hijos y si los tuvieras qué te importaría. Maldita seas. Tienes una vida mejor que la mía y no eres nada, pero con tu presencia lo alteras todo. Hasta me atrevería a afirmar que eres feliz. En cambio yo soy más insignificante que cualquier bicho por minúsculo que sea. Mi vida es, en este momento, una condena eterna que tendré que sufrir, sólo Dios sabe hasta cuándo.
Mariana entró acompañada de la terapeuta quien le indicaba unos ejercicios sencillos que debía poner a prueba con Sebastián y le decía que del resto se ocuparía ella. Eso sí, que no podía dejar pasar un solo día sin realizarlos, porque ella sola no iba a hacer que Sebastián mejorara. Acercándose al paciente, la terapeuta ponía en práctica lo que le iba explicando a Mariana y la animaba a imitar sus acciones. En ese momento entró una niña de unos siete años, vistiendo uniforme de colegio y llevando una lonchera en la mano.
–Mami, ¿ya nos vamos?
Se hacía tarde. Mariana se despidió de la mujer, encargándole el cuidado de su esposo al cual besó en la mejilla y salió tomando a la niña de la mano. La puerta quedó abierta y como la siesta había sido larga, había que aprovechar la oportunidad para salir a comer, pues su panza estaba rugiendo del hambre. De todas formas él se quedaría acompañado y como no había nadie más en la casa, podía darse el lujo de hacer lo que le viniera en gana sin que nadie la molestara.


Vamos a ver cuál es el menú para hoy. La casa es muy bonita y esa mujer luce elegante. Supongo que hay gran cantidad de manjares. Ya me estoy saboreando. No huele a comida, más bien se siente un aroma a limpiador de pino. No veo nada comestible por aquí. Quién sabe de qué se alimentará esta familia. Pero seguro no será de aire. Algo encontraré.
Al llegar a la cocina dio una vuelta de reconocimiento del terreno y se dirigió hacia la bolsa de la basura, a ver qué hallaba entre los desperdicios. Comió hasta saciarse sin proferir queja alguna. A veces resultaba exigente y no se conformaba con cualquier cosa, pero viendo la delicada situación que se vivía en aquel lugar intentó disfrutar del desayuno como si fuera el mejor que había probado en toda su vida.
Y ese pobre hombre que no puede ni pasar bocado. Me gustaría darle una palabra de aliento, si me entendiera, pero qué se le puede decir a alguien que se encuentra en semejante condición. Es imposible reconfortar a un ser que sufre de esa manera. Y además seguro tenía ganas de acabar conmigo, yo, que nada le he hecho más que compañía.
Su apetito no era tan voraz como otras veces, pues realmente se sentía afectada por el hombre que era incapaz de matarla. Eso hizo decaer su ánimo, pero no podía dejar de alimentarse, porque quién sabe hasta cuándo podría volver a comer, aunque si lo pensaba con calma, jamás le había faltado un bocado de comida y hasta podía afirmar que llevaba una buena vida. Decidió pasar allí todo el día y le pareció buena idea permanecer en el cuarto de Sebastián, como para que él sintiera que ella se preocupaba por su bienestar, sin pensar en que lo más probable es que su presencia lo incomodara. Por otra parte, allí se sentía segura. Con él no corría ningún peligro y el día se pasaría como un suspiro: comiendo, durmiendo, dando una vuelta por la casa cuando necesitara estirarse y descansando en cualquier rincón. Se encaminó por el pasillo hacia la habitación sombría, no tanto por la poca luz, sino por la triste condición del hombre.
Muy triste, es para lamentarse. Esta vez procuraré no molestarlo. Lo observaré de lejos y sólo si él lo permite me acercaré. Si no me mira será porque no le importa mi presencia y podré quedarme un rato tendida sobre la manta blanca que cubre su pecho. Si por el contrario me mira con furia, daré por entendido que debo mantenerme a una distancia prudente.


Quedó deslumbrada cuando al entrar al cuarto, un fuerte rayo de sol apuntó directo a sus ojos, alterando su percepción visual y por tanto disminuyendo su agilidad. La terapeuta había subido la persiana para que la sesión resultara más agradable y porque el lugar adquiría una tibieza que le sentaba bien a Sebastián. Lo había dejado solo un momento mientras contestaba una llamada telefónica, paseándose de un lado a otro cerca de la ventana y asintiendo con la cabeza, como si su interlocutor pudiera verla. Así que el espacio era propicio para ir con él, aprovechando la distracción de la mujer. De esta manera, ella rodeó su cabeza produciendo un sonido que exasperaba al hombre inmóvil quien apenas podía seguir sus movimientos con las pupilas y eso ya le costaba bastante trabajo.
¿Sería mucho pedir que me dejaras en paz? ¡Largo de aquí! Deberías estar fuera, prendida a un árbol o hurgando entre los contenedores. Se nota que no entiendes nada.
Se detuvo justo en la punta de la nariz de Sebastián que parecía bizco, tratando de alejarla con la mirada. La atrevida se puso a mirar al interior de sus fosas nasales.
–Muy bien, entonces lo espero mañana a las tres en la clínica…
¡Te vas ahora mismo! No te soporto más. Pero qué descarada eres. Búscate algo más que hacer. Lo único que haces es divertirte con mi sufrimiento.
–Sí, sí. Bueno, así quedamos.
¿Habrá podido dormir bien anoche, o también estará trasnochado?
–Hasta entonces.
Tan pronto la terapeuta colgó, ella se escabulló aliviando al hombre que debía volver a los ejercicios que le imponía su nueva vida. Al otro lado de la habitación ella observaba en silencio: la mujer sostenía una mano de Sebastián entre sus manos y le movía los dedos mientras hablaba. Él parpadeaba, intentando concentrarse en lo que ella le decía.


No. Eso no es vida. Al parecer él entiende lo que le dicen, pero tal vez no quiera escuchar nada. Ahora estoy segura de que pasó mala noche. Sus ojos lucen cansados. Siento pena. Es un hombre joven. Habría podido hacer tantas cosas y ahora sus días son sólo un arrume de momentos desechados desde antes de existir. Me alentaría un poco saber que él tuvo aunque sea un instante de felicidad. Y si no lo tuvo entonces nada vale la pena.
Permaneció en el cuarto observando la terapia. Cuanto más tiempo pasaba contemplando a Sebastián más se convencía de que él preferiría estar muerto, que de alguna manera lo estaba o acaso qué posibilidades tenía en la vida, sino estar inmóvil dependiendo de los demás y si no había nadie pendiente de él, moriría en el abandono. Siguió en sus cavilaciones hasta que el mundo se le hizo insoportable.
Salió de la habitación. Por última vez recorrió el pasillo y lo sintió agradable. A pesar de estar vacío, le parecía que tenía más vida que la alcoba matrimonial en la que ahora aquel hombre dormía solo. Imaginó que la casa se vería más bonita con los niños jugando y la esposa corriendo tras ellos. Pero sabía que si ese lugar había sido alegre, ya no lo volvería a ser más. El espacio se había detenido y no había vuelta de hoja; la vida debía continuar haciendo de cuenta que no sucedía nada. Sumida en esos pensamientos llegó hasta la cocina.
Ya está. No hay nada más que hacer. Sólo deseo que su sufrimiento acabe lo más pronto posible. Sé que será lo mejor para él y para su familia. Su esposa podrá dedicarle más tiempo al cuidado de los hijos y él se sentirá en paz. Por fin se librará de la pesadez de su cuerpo que lo mantiene atado a una existencia sin sentido.
Miró alrededor y emitió un profundo suspiro, como queriendo dejar un trozo de alma suspendido en el aire. Se acercó a la bolsa que se encontraba bajo el fregadero y se arrojó en su interior, sumergiéndose en la basura, en los desperdicios de comida de los que antes se alimentaba y que ahora no eran más que el reflejo de la vida que había llevado, pues no pudo más que pensar que la vida era una mierda. Por lo menos ella podía hacer algo para poner fin al asunto, pero Sebastián tendría que esperar hasta que alguien se apiadara de él, o hasta que su organismo dejara de funcionar por completo. Se enterró a sí misma en medio de cáscaras de fruta podrida, del polvo acumulado en la bolsa de la aspiradora que Mariana había vaciado el día anterior, las sobras de la cena de la noche pasada, los empaques de frituras que comían los niños y los pedazos de una vieja porcelana que no pudo soportar la difícil situación familiar.
La luz de la mañana se colaba a través del velo que cubría la ventana; el canto de los pájaros impregnaba el ambiente de un aire melancólico. Habría sido imposible escoger un día más bello que ese para abandonar el mundo.

domingo, 16 de noviembre de 2008

Infinito

"Los espacios que amamos no quieren quedarse encerrados siempre. Se despliegan, se transportan fácilmente a otra parte, a otros tiempos, en planos diferentes de sueños y recuerdos"
Gaston Bachelard



Todavía siento su perfume prendido a mi memoria y recuerdo el resplandor de sus ojos incendiados…
No podía ver más que un escalón tras otro, las dos paredes que se alzaban a los lados, un techo aplastante y más allá de eso, sólo la oscuridad. La luz del viejo encendedor que realmente no iluminaba sino que a duras penas alumbraba, se consumiría en el momento más inesperado. Tenía que salir de allí, pero no me sentía capaz de andar después de las eternas horas que llevaba sin comer. Ya no sé si eran horas o días, lo cierto es que mis piernas parecían de papel y a pesar de la amplitud del lugar, sentía que el aire se acababa. Era como si llegara a través de un grifo que cada vez se iba cerrando un poco hasta que ya no circulaba sino un delgado hilo de aire. Escuché el sonido de una gota. Permanecí en silencio y al cabo de un tiempo noté que caían varias gotas en una secuencia con musicalidad propia; unas con sonidos más agudos, otras con una profundidad inquietante y ese contraste producía una melodía agradable.
Hice el intento de subir, a ver si encontraba una puerta, una ventana, o con un poco de suerte, a lo mejor una persona que me indicara la salida. Ojalá esa persona sea ella. Si tuviera voz la llamaría, gritaría sin descanso hasta que viniera por mí.
Avancé, peldaño a peldaño, hasta que tuve la sensación de no saber si estaba subiendo o bajando. Aparentemente la escalera no conducía a ninguna parte, de hecho, parecía no tener final. Sin embargo, estaba seguro de haber ingresado aquí por una puerta, pero era imposible que me hubiera adentrado tanto como para no encontrar la salida después de buscarla por horas. Lo único que me alegraba era ese perfume cítrico que se mantenía en el lugar y que me hacía recordar el brillo de sus ojos.
Me pregunté si estaba en el vacío, pues creo que así sonaba. Al menos ese era mi imaginario del vacío, excepto por las gotas que sin perder el ritmo caían de cuando en cuando, cada vez con mayor insistencia, dejando un eco melancólico. Hasta llegué a pensar que sonaría un vals, como en la nave de 2001: Odisea en el espacio. Siempre creí que así debía sonar el vacío después de un buen tiempo de estar habitándolo.
Nunca debí hacerle caso a esa mujer. Tan pronto la vi supe que no me convenía acercarme a ella, pero sus encantos fueron más fuertes que mi voluntad. Seguí su perfume, descendí un peldaño y otro y otro y otro más, hasta que su figura desapareció de mi vista y la oscuridad invadió el pasadizo. Eran sus ojos de fuego los que iluminaban el espacio, por eso cuando desapareció quedé envuelto en este agujero negro con escalerillas y sonido de gotas musicales.
No tuve más remedio que bajar. Tanto adelante como detrás no alcanzaba a ver nada más que escaleras: una tras otra repitiéndose hasta el infinito. Si así era su aroma, seguro sus besos sabían a mandarina dulce y la luz de sus ojos me conduciría fuera, o me llevaría muy dentro de ella, pero lejos de esta oscuridad atravesada por interminables escalinatas. El sonido de las gotas se hizo más intenso. Sin darme cuenta pisé en mitad de un borde húmedo y salí disparado dejando un pedazo de piel en cada peldaño.
Afortunadamente llegué a una planicie. No podía seguir cayendo por tiempo indefinido, y como lo había pensado, era improbable que las escaleras se prolongaran hasta la eternidad, puesto que yo había entrado por una puerta y si el lugar tenía inicio, también tendría fin.
El encendedor sirvió por última vez haciendo aparecer ante mi vista innumerables pasadizos con escaleras ascendentes y otras más que descendían, vaya uno a saber hacia dónde. La planicie que creí sería mi salvación no eran más que cinco metros cuadrados alrededor de los cuales se dibujaban los infinitos túneles laberínticos que llevaban a ningún lugar. Lo peor era que ya ni siquiera escuchaba las melodiosas gotas de agua gracias a las cuales me quebré los huesos. No sé si será por el resbalón o por los días de encierro, pero me parece ver una luz. La veo cuando cierro los ojos y dejo que mi ser se llene del perfume y la mirada de esa extraña mujer, que como una pintura cubista traspasó la escalera y me condujo al vacío.

Y casi enseguida anochece



Después de darle de comer al perro, verificar que la estufa estuviera apagada y la plancha desconectada, guardó en el bolso una sombrilla, cogió las llaves y rápidamente se dirigió a la puerta. Al agarrar la manija para salir, fue asaltada por una duda, regresó y con lo primero que encontró –tal vez un lápiz de labios- escribió una nota en un papelito cuadriculado que luego puso en la nevera, asegurándolo con un horroroso imán en forma de fruta. El perro no hacía más que batir la cola y, con un ladrido, se abalanzó sobre Laura, rasgando sus medias veladas. Ella hizo una extraña mueca, intentando disimular el agujero de las medias pero lo único que consiguió fue dejarlo del tamaño de su rodilla izquierda. ¡Perro malo!, fue todo lo que dijo, resignada a cambiarse de ropa.
Minutos más tarde, Laura bajó las escaleras como un huracán, haciendo que la trenza de su pelo bailara a un ritmo vertiginoso. Vestía un pantalón de color claro que no le lucía tan bien como la falda azul y las medias veladas, pero qué se le iba a hacer si ya no había más tiempo. Bajo el brazo derecho aprisionaba una carpeta de tamaño cuarto de pliego, al lado de la cual ella parecía una muñeca de trapo. Por fin llegó a la puerta. Los ladridos del perro se tornaban cada vez más insoportables. Laura, con una sonrisa dibujada en la cara, le acarició las orejas al mamífero diciéndole Ya, ya… Vuelvo pronto… ¡Ve para el patio a cazar lagartijas!, creyendo que con eso iba a tranquilizar a semejante animal.
Su amado e insufrible san bernardo babeaba sin moverse un ápice de la puerta. Laura se vio obligada a empujarlo hasta que finalmente consiguió salir, muy a pesar de los ladridos del cuadrúpedo, que podían enloquecer a todo el barrio, sobretodo en las noches de luna llena. Aún no había descendido ni la mitad de las escaleras del callejón cuando se detuvo, cerró los ojos apretándolos al igual que sus puños y en su mente se dibujó un par de lagartijas azules y brillantes. En ese instante los ladridos cesaron. Laura abrió los ojos y continuó bajando las escaleras a la velocidad de un rayo, pues se le había hecho un poco demasiado tarde y si había algo que a ella le molestaba era la impuntualidad. En un bus no alcanzaría a llegar a la cita; lo mejor era irse en taxi y rogar que las vías no estuvieran tan congestionadas como solían ponerse a esa hora de la mañana.


Si no me hubieran robado la bicicleta…, pensaba Laura, cabizbaja, emitiendo un hondo suspiro que hizo estremecer al conductor del taxi. Por un segundo se miraron a través del espejo retrovisor. Un trueno retumbó haciendo temblar el universo entero. Sí, había sido eso lo que le puso la piel de gallina, un trueno y no el suspiro de Laura, o al menos eso fue lo que quiso creer el chofer para no hacerse falsas ilusiones como solía hacerlo con la mayoría de las pasajeras solitarias que le hacían compañía por algunos minutos. El aguacero no se hizo esperar, y Laura que vestía pantalón claro, no pudo más que maldecir. Siempre sucedía lo mismo, salía con la ropa reluciente y al volver a casa, sus prendas llegaban estampadas de manchas de lodo.
Manuel, que así se llamaba el taxista, la miraba de reojo cada vez que podía y se le figuró que ella se veía más hermosa cuando maldecía, pues sus ojos se tornaban más grandes y brillantes. Con la lluvia vino el embotellamiento en la avenida y casi en todas las calles de la ciudad, pero a Laura ni se le pasaba por la cabeza que existieran más calles, y si existían, ¿por qué a ella le había tocado andar justo por la más caótica? Sin pensarlo dos veces miró el taxímetro, sacó el dinero exacto de su cartera y extendiéndolo hacia el taxista, cuyo nombre Laura desconocía a pesar de que estaba en un carné colgado al lado del retrovisor, dijo me quedó aquí y se bajó sin más ni más. Pero sí con menos, pues mientras ella corría abriéndose paso entre el río de gente y sacando torpemente la sombrilla de su bolso, el taxista, que aunque nadie se lo preguntara sí tenía nombre que como ya se sabe era Manuel, miró el asiento de su poderosa nave y cuál sería su sorpresa al ver que no estaba vacío, sino que estaba medio lleno, pues la enorme carpeta de Laura estaba bien sentada y resguardada de la lluvia. Por un momento Manuel detuvo el taxi y se preguntó ahora qué haría, pues ni siquiera sabía el nombre de aquella señorita presurosa. Lo único que pensaba era que esa carpeta y su contenido seguramente eran muy importantes para ella. Así que después de perder el tiempo poniendo a prueba la telepatía e inventando planes absurdos, hizo lo que mejor le pareció que era buscarla en la dirección que ella misma le había indicado al subirse. Alguien le daría información o a lo mejor la encontraría en la puerta, aguardando que su taxista salvador apareciera con su preciado tesoro.


Laura, hecha un caldo con patas, entró al auditorio donde, a lo largo de una mesa rectangular, su jefe y otros distinguidísimos miembros de la compañía, impacientes, esperaban por los nuevos diseños de los empaques que le habían encargado hace un par de semanas. Hasta ese momento Laura parecía no darse cuenta de nada y sólo cuando su jefe, que era el más gordo de todos los presentes, se levantó de la silla, miró su reloj de pulsera y con una graciosa voz, como si hubiera aspirado el gas de una bomba inflada con helio, dijo: Estamos ansiosos por ver con qué nos vas a sorprender, sólo hasta ese momento Laura cayó en cuenta de que no tenía nada que hacer allí. Buscó dentro del bolso inútilmente, pues recordó que el disco con la información también estaba en la carpeta. Cerró sus ojos apretándolos al igual que cuando inventaba lagartijas para entretener al perro, pero por más que intentaba concentrarse ni uno solo de los folios con los diseños que había trazado durante agobiantes días de trabajo, aparecían frente a sí. Lo único que surgió en medio de la densa bruma que nublaba sus pensamientos, fue una carta de cancelación del contrato por incumplimiento y los hilos de agua que no cesaban de escurrir desde su cabeza, dejando huellas húmedas a cada paso que daba.


La lluvia disminuía poquito a poco, las gotas seguían resbalando por el parabrisas y de vez en cuando aparecía un rayo para iluminar la jornada. Manuel no lograba sintonizar ninguna emisora y no tuvo más remedio que echarle la culpa al mal clima que volvía la ciudad patas arriba. Los vehículos avanzaban lentamente y el taxi iba ganando calles hasta acercarse a la dirección señalada. Al voltear la esquina Manuel se detuvo, bajó corriendo, no sin antes agarrar la voluminosa carpeta y pasando los controles de seguridad -ya que el portero del edificio se encontraba tomando café y riendo animadamente con la señora del aseo- se dio a la tarea de encontrar a la señorita anónima que le había pedido llevarla hasta allá. Nadie le dio razón… claro, si al menos hubiera sabido el nombre.
La sombrilla de Laura estaba hecha un desastre; tenía dos patas rotas y un agujero cerca del centro, de tal suerte que llovía casi tanto debajo de la sombrilla como sin ella; de ahí el aspecto de Laura al entrar a la sala de juntas de la oficina. Manuel conducía lentamente, mirando a un lado y a otro de la calle, convencido de hallarla cerca de allí. Apenas vio un millón de manchas oscuras en la parte inferior de un pantalón claro, supuso que era ella y al ver la trenza cargada de agua que colgaba en su espalda, no tuvo la menor duda, era la mujer que andaba buscando con desesperación.
Descendió del taxi, dejándolo mal parqueado y como un loco salió corriendo detrás de ella. Cuando ya estaba casi a su lado, tuvo una extraña sensación de no saber qué decir ni qué hacer y pensó que prefería que la tierra se lo tragara. Por andar con la cabeza en las nubes se tropezó y fue a meter un pie en un hueco de la calle, torciéndose el tobillo.
Laura ni se daba por enterada de que había alguien caminando tras ella; tan triste y desolada estaba que se olvidó del mundo entero y ya ni recordaba que había dejado la carpeta olvidada en el taxi. Manuel también la había olvidado en el carro, después de salir de la oficina. Tal vez por eso era que no sabía con qué pretexto acercarse a Laura. Y ahora para colmo estaba cojo y con un buen raspón en las manos. Agradeció no haber llevado la carpeta porque si no hubiera apoyado las dos manos en el suelo, a lo mejor se habría roto la nariz.Laura sintió un golpe en el hombro izquierdo. Al girar la cabeza reconoció a Manuel; sus ojos brillaron, dejó el pedazo de sombrilla abandonado y se acercó a él, que en una sola palabra se veía lamentable. Él lo sabía. Y pensar que en la mañana había salido radiante y perfumado. Pero todo había sido por su terquedad y por la absurda obsesión por encontrar a aquella mujer, y sí, también por culpa de ella que andaba dejando las cosas olvidadas por ahí. El viento sopló con furia, llevando consigo lo que quedaba de la sombrilla que a medida que se elevaba por el aire se parecía a un pájaro de hermoso plumaje rojo que volaba hasta perderse en medio de las nubes grises. Un golpe más sacudió a Laura, esta vez en la espalda, y como si no fuera ya suficiente con andar cojo y con las manos raspadas, una piedrita golpeó la cabeza de Manuel. Y después de esa piedrita vino una piedra más grande y otra que le atinó a la punta de la nariz de Laura.

En la calle, que hace pocos minutos se asemejaba a un hormiguero con tantos transeúntes que corrían huyendo del aguacero, no había más que tres niñas de unos ocho o diez años. El resto de la cuadra estaba desolada. Las fierecillas se divertían recogiendo piedras y apuntando tanto al cuerpo de Laura como al de Manuel y mientras reían burlonamente, decían cuanta estupidez se les ocurría. Ellos estaban ya casi agachados, como aves que esconden la cabeza entre el pecho para protegerse de sus predadores. Manuel solamente levantó la cabeza al escuchar el ruido de un motor, pero cuando se percató ya era demasiado tarde. La grúa que arrastraba su taxi le llevaba calle y media de ventaja y con el pie malo como estaba, jamás la habría alcanzado.

Las pequeñas bandidas no cesaban su arremetida que parecía divertirles especialmente a medida que las heridas de Laura y Manuel se hacían más grandes, y de piedra en piedra que les arrojaban el mundo se iba despedazando. Los ojos de Laura se tornaron rojizos y tan brillantes que con una sola mirada habría sido capaz de incinerar un avestruz entera. Extendió su mano que tomó la forma de una sombrilla, pero no de la sombrilla rota que había guardado en su bolso antes de salir de la casa, gracias a la cual parecía un caldo con patas, sino que sus dedos habían inventado un paraguas automático fuerte y resplandeciente con el que cubrió a Manuel y se cubrió a sí misma. Las piedras rebotaban en la tela como si fueran gotas de agua, que llegaban nuevamente a los pies de las agresoras.


Laura y Manuel se abrazaron y cerraron sus ojos hasta que dejaron de sentir el impacto de las piedras. A lo mejor las sabandijas se habían cansado y habían huido antes de que cayera la noche. Cuando abrieron los ojos, se encontraban en una pequeña casita de madera que tenía una ventana en el techo. Muy lejos había quedado la calle húmeda con todo el malestar que les había ocasionado.
Al sacudirla en el aire un par de veces, la mano de Laura recuperó su forma natural, de otra manera no habría podido acariciar el rostro malherido de Manuel. A él le pareció que la sangre le daba un matiz especial al pecho de Laura, pues contrastaba con la palidez de su cara. Sin embargo, hubiera preferido que el delgado cuerpo de ella permaneciera ileso y que fuera un beso de él el que le hiciera ruborizar las mejillas. Pero hasta ahora ni siquiera se habían dicho sus nombres y ya no había tiempo para eso. Sus manos, su piel, su existencia entera ardía por el dolor de las heridas y cuando se acercaban, no hacían otra cosa que provocar chispas que brotaban de sus cuerpos y se iban esparciendo por el suelo e incluso por las paredes de la casita. De sus ojos cansados brotaban destellos de ternura y de sus manos emanaba la tibieza que se siente después del amor. Lentamente, como una brasa que se atiza de cuando en cuando y va creciendo expandiendo sus brazos de fuego, Laura y Manuel curaron sus heridas, que junto con ellos se deshicieron trasformándose en llama viva que consumió cada madero de la casa, hasta que esta desapareció por completo y no quedó más que la luz de la luna llena encima de las cenizas y los ladridos de un perro que se quejaba a lo lejos.